La fiesta del Niño Perdido en Valdenuño-Fernández

Fiesta Niño Perdido Valdenuño Fernández

Hay dos antiguas y arraigadas tradiciones en la provincia de Guadalajara durante las fiestas de invierno: las botargas y las danzas de paloteo. Ambas se pueden encontrar tomando alguno de los vuelos a Madrid y, desde allí, desplazándose por carretera hasta el pueblo de Valdenuño-Fernández, a 59 kilómetros. Es una localidad muy pequeña, de sólo 245 habitantes, pero el domingo siguiente a la Epifanía (este año es el día 9) se vive la fiesta del Niño Perdido con intensidad e ilusión, aunque en realidad los festejos empezarán las medianoches del viernes (con un concierto) y el sábado (con baile).

La jornada importante, sin embargo, es el domingo. A las 8:30 de la mañana danzantes y Botarga, acompañados de las autoridades municipales, van de casa en casa bailando y pidiendo dinero para financiar los festejos o naranjas. Los danzantes están integrados por ocho mozos del pueblo con edades comprendidas entre los 18 y los 23 años que ejercen durante un lustro, más o menos. Ataviados con camisa y medias blancas, chaleco negro, pantalón de pana oscura y alpargatas, interpretan las típicas danzas de paloteo de la región con unos palos de madera pulida pintada de rojo, de medio metro de longitud y 3 centímetros de grosor, que sujetan a los manos por medio de cintas. Los palos entrechocan con fuerza -a veces incluso se rompen- al ritmo que marca un tamborilero, representando acaso la lucha entre el Bien y el Mal.

El Botarga, por su parte, es un personaje grotesco que viste camisola y pantalón hechos de retales de colores más una máscara monstruosa (antiguamente de cartón, hoy de látex), cencerros colgados de la cintura, un gorro, largas castañuelas para tocar mientras danza y un garrote para golpear a la gente. Su traje lo confeccionan mujeres de su familia. Tradicionalmente, el Botarga era elegido por votación y solía designarse a alguien bruto o de pocas luces. Su misión es molestar a lo largo del día y lo demuestra especialmente en la iglesia cuando exige a los fieles que le paguen para poder entrar a la Misa del Niño Perdido, que está prevista para las 13:30. Durante el oficio, no duda en continuar estorbando, sacudiendo a los despistados o tirando el cesto de las limosnas, si bien se forran por dentro sus cencerros para que no impida la celebración.

A las 17:00 sale en procesión la imagen del Niño, a hombros de los danzantes. Al acabar la gente lanza contra el Botarga las naranjas recaudadas por la mañana y éste se defiende a bastonazos o devolviendo los frutos arrojadizos. La cosa suele derivar en batalla campal por la plaza del pueblo, terminando con la rifa de una cordera, una anguila de mazapán, un jamón y varios regalos más.

No se sabe con exactitud el origen de esta fiesta, aunque sí que se debe a un niño perdido que toda la población se lanzó a buscar, encontrándolo en la iglesia. La primera constancia documental se encuentra en los libros de cuentas municipales desde 1721 y hay quien opina que existe cierto parecido con la celebración de los Seises de Sevilla y, en cualquier caso, remite a los Autos Sacramentales medievales, habiendo sido declarado el evento de Interés Turístico Provincial.

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