La Encamisá de Navalvillar de Pela
El 16 de enero el pueblo pacense de Navalvillar de Pela celebra las fiestas patronales de San Antón, popularmente conocidas como la Encamisá. Se trata de un evento multitudinario que se celebra por la tarde hasta las once de la noche y que atrae muchos visitantes, a los que se hace sentir como en casa invitándoles a anís, vino de pitarra y buñuelos; por eso, si alguien tiene curiosidad ya sabe que debe reservar alguno de los vuelos baratos a Badajoz, desde donde se puede trasladar a esta localidad. Se trata de un evento declarado de Interés Turístico Regional.
En realidad se puede decir que todo empieza una semana antes, el Día de Reyes, con la bajada de la imagen del santo desde su ermita hasta la iglesia parroquial en una procesión encabezada por un abanderado de la Cofradía oficial, los miembros de ésta, un tamborilero que va marcando el ritmo y varios jinetes con su traje típico, aparte de los vecinos. A partir de ahí se desarrolla un programa de conciertos, deportes, baile, juegos populares, entretenimientos infantiles…
Pero el día grande es el 16 y los preparativos empiezan a primera hora de la mañana, cuando los integrantes de la Cofradía transportan al pueblo la leña (matorral y jara) cortada previamente por los trabajadores municipales. Para ello utilizan sus tractores y es frecuente que compitan por ver quién es el que más cantidad es capaz de cargar. Luego la van distribuyendo por las calles y plazas que forman parte del recorrido de los festejos.
A las cinco de la tarde, los jinetes que protagonizan la jornada llevan sus caballos y burros a la parroquia de Santa Catalina para que San Antón bendiga a los animales. En general todo aquel que tiene mascota también aprovecha la ocasión. Los equinos van lustrosamente enjaezados con arreos y una típica manta de lana y algodón de confección artesana, muy vistosa y decorada con madroños de colores. Los jinetes, por su parte, también llevan un vestuario característico con pañuelo al cuello camisa blanca, faja, pantalón negro, botas y zahones, pero destacando especialmente el extraño gorro multicolor terminado en punta.
Hacia las ocho, consumada la bendición el Mayordomo Mayor de la Cofradía lee el pregón, terminando con tres vivas al santo, lanzamiento de cohetes y repicar de campanas. Es la inauguración de la fiesta. Se prende fuego a la leña, el abanderado ondea la bandera para que todos la besen, el tamborilero empieza a “correr el tambor” y la banda municipal desfila por las calles seguida de cientos de personas que forman la llamada Infantería, dando tres vueltas al mismo recorrido que realiza la Caballería, cuyos integrantes se llevarán como premios un puro (los jinetes) y un buñuelo (los caballos).
¿Caballería? ¿Infantería? Parece que se esté hablando de una guerra pero es que, según la leyenda, ése es el origen de estos fastos: la conmemoración de la victoria alcanzada sobre los árabes cuando un ejército invasor, en plena razzia sobre el pueblo, terminó retirándose al engañarlo sus habitantes haciéndolo pensar que había superioridad numérica; lo habrían conseguido por la noche, encendiendo hogueras por todas las calles, haciendo que los jinetes cabalgaran continuamente para simular que eran muchos (y muy altos, de ahí el gorro) y metiendo todo el ruido posible. En realidad históricamente las encamisadas eran operaciones militares tipo guerrilla que consistían en atacar al enemigo cogiéndolo por sorpresa aprovechando la oscuridad; los soldados se cubrían con camisas oscuras, de ahí el nombre. Y no falta quien remonta el origen de la fiesta a tiempos precristianos, atendiendo a la presencia del fuego y la llegada del solsticio de invierno.
Foto: la Encamisá


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